sábado, 21 de junio de 2008

Fábrica de Harinas y Sémolas «La Albinilla S.A.» en Lebrija (Sevilla, España)

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Reportaje publicado por Juan Cordero Ruiz en Lebrija Digital el 16 de mayo de 2007:
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“La Albinilla S.A. Fábrica de Harinas y Sémolas, 1888.” Así decía, en rótulo de baldosas cerámicas de su fachada, el que fuera durante un siglo el edificio industrial más grande de Lebrija, y del que hoy solo queda el recuerdo.
Mi infancia y primera juventud estuvo íntimamente ligada a esa fábrica; mis recuerdos están vivos, con esa vivacidad que adquieren las experiencias más lejanas en esta última etapa de la vida. Tal vez por esta experiencia, conservada oculta en los misteriosos recovecos de la memoria, y que ahora brotan con gran lucidez, se manifieste exagerada la importancia y trascendencia de lo que significó esta industria en la vida lebrijana.
No solo se trató de un centro fabril harinero de primer orden; fue, también, la primera central que proporcionó la electricidad a Lebrija, con el nombre de “Lebrijana de Electricidad, S.A.”. Para la gran energía que precisó la ingente maquinaria de la fabrica de harinas, esta hubo de producir su propia fuerza motriz por medio de motores de vapor, más tarde de gas-oil y, últimamente, de energía eléctrica servida por la “Sevillana”. Como la producción de su energía tenía excedente, hizo los primeros tendidos eléctricos en la ciudad, lo que representó para Lebrija un gran progreso y bienestar.
En aquella primera etapa, para renovar y enfriar el agua de las calderas de vapor, poseía instalaciones de grandes estanques, alguno de proporciones tales que, a finales de los años treinta, sirvió de plaza de toros, donde se dieron novilladas y otros espectáculos de masas.
Los lebrijanos, en los primeros años del siglo XX, estaban muy orgullosos de esta desaparecida industria, como lo reflejaban en una popular cancioncilla:

”Se está poniendo Lebrija
A estilo de capital
Con la fábrica de harina
Y la luz artificial…”
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La importancia de esta fábrica no fue solo por su tamaño, también, sobre todo, por su moderno e innovador sistema para la molturación del trigo. Hasta entonces había molinos harineros y tahonas, que por medio de dos piedras, una soleraestática y la otra volandera, comprimían el grano, destruyendo al mismo tiempo el salvado, el almidón y el gluten. La Albinilla emplea los llamados cilindros trituradores estriados que, girando a distintas revoluciones, “rebanaban” el grano sin pulverizar el salvado o afrecho, mondando el grano grueso del interior, y extrayendo la llamada “sémola”.
Para esta revolucionaria operación el trigo había de molturarse con un determinado grado de humedad, siendo previamente lavado, secado y oreado, sufriendo un complicado proceso preparatorio al molido. Esa larga preparación y posteriores cernidos, selecciones y clasificaciones, no impedían que tuviese una producción de 24.000 Kg.-día, capaz de abastecer toda la ciudad y algunos pueblos de la comarca.
En su momento constituyó el más avanzado sistema de fabricación de harinas, como lo acreditó la Escuela Nacional de Molinería, con sede en Valladolid, creada por el Ingeniero Don Ruperto Lampaya Estella, (en genial anticipo de lo que hoy es la enseñanza por correspondencia y la Universidad a Distancia). Nuestra fabrica alcanzó gran notoriedad que se divulgó en las publicaciones especializadas. Motivo de sorpresa y admiración fue esta industria lebrijana en la región, sobrepasando los límites de la especialidad profesional, como quedó reflejado en la revista “Bética” del 15 de enero de 1915, por la pluma del ilustre poeta Felipe Cortines Murube, quien realizó esta fotografía de la portada, en la que aparece mi padre a sus quince años, rodeado de algunos obreros.
El edificio de la fábrica, propiamente dicho, era un multiforme y especializado complejo: un anexo de recepción, almacenamiento y preparación del grano. Un segundo bloque de tres plantas y un entresuelo que disponía de dieciséis pares de cilindros para la molturación. Una segunda planta para la clasificación y primer tratamiento del producto, compuesta de ocho grandes tornos; clasificadores del grano triturado por su densidad, tamaño y otras cualidades. Una tercera planta para el tratado de los residuos: como los afrechos, y la clasificación y envasado de los subproductos del trigo.
Todo esto puede que solo sea el recuerdo de algunos lebrijanos que, más o menos directamente, vivieron vinculados a este importante centro. Aunque fueron muchos, pues esos complicados procesos de fabricación conllevaban lo que hoy se denomina un “complejo industrial anexo”, que empleaba el más variado personal en sus departamentos e infraestructuras: oficinas, talleres mecánicos especializados, herrería, carpintería, electricidad, albañilería, costura de embases y sedas de cernidos, panadería, despacho; lavandería, envasado, almacenamiento, transportes, cuadras, garajes, conservación, limpieza, mantenimiento…
Pero, tal vez, lo que pueda perdurar en el “recuerdo” de los más, sea el enorme espacio que albergaba tan insólito edificio. Lindaba con la huerta del Convento de los franciscanos, llegando a la Silera, y por el norte limitaba con la mediada cuesta de la Ronda, hoy Avenida Cruz de Mayo; en su fachada principal abarcaba desde el Granadillo, (hoy espacio del Instituto “Virgen del Castillo”) cogiendo ambas aceras de la Avenida de Andalucía hasta la Plaza Juan Díaz de Solís y el Asilo de San Andrés. Una extensión sorprendente e inusual en la industria local y regional.
Está por escribir la historia de la industria y la artesanía lebrijana, tal vez oculta por el tópico de “eminentemente agrícola y ganadera”, y eclipsada por su espléndido pasado artístico y monumental, cuando no infectada de ideologías y realidades sociales más o menos interesadas y manipuladas, que nos han ocultado la creatividad y el ingenio de tantos lebrijanos, quienes no solo cultivaron la tierra, cumpliendo el castigo que le impuso el Génesis:
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(3. 17-18) “maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimentotodos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo”.

Los hijos de Lebrija no solo fueron castigados trabajadores de la tierra; también destacaron en otras variadas y nobles actividades laborales. Es hora que, a la luz de una cultura al alcance de todos, se alumbren ya las zonas que han permanecido en las tinieblas del tópico y la ignorancia, remarcando solo los tonos pardos y grises del obrero del campo, sin tener presente el ingenio, talento y originalidad luminosa de tantos lebrijanos olvidados, autores de meritorias labores en la industria, la artesanía, el comercio y otras profesiones liberales.
La historia de un pueblo hay que verla en su conjunto; es un mosaico de variadas teselas con poliédricas formas, que aportan la unidad y el equilibrio a la totalidad, con sus luces y sombras, poesías y prosas, fiestas y trabajos. Contrastes en claroscuro de sinónimos y antónimos, como la vida misma que, para ser saludable, requiere el conocimiento, la función y la presencia de todas sus circunstancias (teselas) en su justa dosis y adecuado lugar. Hoy, desde este rincón de “Lebrija en el recuerdo”, es justo rememorar la singular Fábrica de Harinas y Sémolas “La Albinilla S.A”, creada por los pioneros industriales, Sres. Adame, Calderón y Cª; una obra que ya solo vive en el recuerdo de los mayores, y pronto será su olvido, dejando mutilada la historia integral de este pueblo, al faltarle el estudio de parcelas tan singulares como esta que hoy recordamos.
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Fuente:
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